Segregación por género en el mercado de trabajo

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Renato Mejía Madrid

La incorporación de la mujer en el mercado de trabajo en nuestro país es creciente y no necesariamente reciente. En Lima metropolitana, por ejemplo, la participación laboral femenina en el mercado de trabajo alcanzó el 57.9% en el año 2009 (Encuesta Nacional de Hogares, ENAHO, 2009);  a principios de los noventas bordeaba el 45%, y el 40% a principios de los ochentas.

Sin embargo, a pesar de su creciente incorporación en el mercado de trabajo, las mujeres tienen menos posibilidades que los hombres de buscar y conseguir trabajo. Así, mientras a nivel nacional la población en edad de trabajar (PET) se distribuye por géneros de manera paritaria, la población económicamente activa (PEA; población en edad de trabajar que se encuentran trabajando o buscando trabajo) es mayoritariamente masculina (54.7%). La tasa de actividad, que relaciona ambas, es 83.1% en el caso de hombres y 65.0% en el caso de mujeres.

La inactividad, por tanto, es predominantemente femenina: el 67.5% de la población inactiva (no trabajan, no buscan trabajo ni desean trabajar) es mujer, y el motivo principal de inactividad es los quehaceres del hogar (en Lima metropolitana, 34.4% de mujeres inactivas la declara como causa principal, porcentaje que se eleva a 53.5% a nivel nacional), mientras que en el caso de los hombres el principal motivo de inactividad son los estudios (50%, frente a 11.6% cuyo motivo son los quehaceres del hogar).

En concordancia con el motivo de inactividad de las mujeres, de acuerdo con la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo de 2010, las mujeres dedican tres veces más horas a la semana a los quehaceres del hogar, en comparación con los hombres. A detalle, las mujeres dedican más tiempo en el cuidado de niños (2.0 veces más tiempo), de adultos enfermos y discapacitados (1.9 más tiempo); la preparación de alimentos (3.4 más tiempo), y la limpieza del hogar (1.9 más tiempo). Si a las horas dedicadas por hombres y mujeres al trabajo remunerado, se suman las dedicadas al trabajo doméstico, las mujeres trabajan más horas que los hombres.

Dichas cifras demuestran que la inactividad de la mujer en el mercado de trabajo tiene explicación en una distribución inequitativa del trabajo doméstico, producto de un modelo de reparto social del trabajo en función del género, en el que el hombre asume el rol de “proveedor” realizando “trabajo productivo” o trabajo remunerado fuera del hogar, y la mujer realiza el “trabajo reproductivo” o trabajo doméstico dentro del hogar; trabajo socialmente minusvalorado por considerarse natural, inseparable y normal para las mujeres, al punto de no considerarse realmente un trabajo. Este modelo permanece incólume a pesar de la creciente incorporación de la mujer al mercado de trabajo, y se replica en el mismo.

En un estudio realizado por el Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo (MINISTERIO DE TRABAJO Y PROMOCIÓN DEL EMPLEO: 2009), a partir de datos de la ENAHO de 2008 éste evidenciaba que las mujeres que trabajan se concentran en determinadas actividades económicas, como actividades extractivas (29% de las mujeres ocupadas; salvo la minería), los servicios (24.9%) y el comercio al por menor (22.7%). De acuerdo con la ENAHO de 2009, en el área urbana las mujeres que trabajan se concentran en el sector comercio (49.6%) y en el sector servicios (29.7%). Asimismo, el estudio señalado evidencia que determinadas ocupaciones son predominante o mayoritariamente ocupadas por mujeres (trabajadores del hogar, 96%; vendedores, 72%; y trabajadores de los servicios, 51.1%). 

La concentración de las mujeres en determinados sectores de la economía y ocupaciones también encuentra explicación en el modelo de reparto de trabajo, pues en el mercado de trabajo se replican y extienden los roles socialmente asignados a la mujer: atención y cuidado de personas, limpieza y preparación de alimentos, educación, relaciones sociales; así como la minusvaloración de dicho trabajo.

Los sectores en los que se concentra el trabajo femenino son generalmente informales, lo que incide en la calidad de empleo de las mujeres trabajadoras; de hecho, el subempleo afecta en particular a las actividades extractivas, al comercio al por menor y a los servicios personales. Como consecuencia de ello, el empleo adecuado entre los hombres es mucho mayor que entre las mujeres (52.4% frente a 28.3%).  La minusvaloración del trabajo “femenino” puede verse incluso institucionalizada, como ocurre con la regulación del trabajo doméstico en una relación laboral que establece un régimen de beneficios reducidos en comparación con el general.

A dicha segregación horizontal de las mujeres que trabajan (en función de actividades económicas y ocupación en las que se insertan en el mercado de trabajo), se suma una segregación vertical (en función de la jerarquía en la que se insertan en una organización laboral). En nuestro país, en la gran empresa apenas el 6.44% de gerentes generales son mujeres, porcentaje que sube a 15.86% en la mediana empresa y a 21.18% en la pequeña empresa (CAVANAGH, 2009). La dificultad para ascender en una línea de carrera respondería a un modelo de organización laboral “masculina” que exige largas jornadas laborales y ubicuidad, disociando la vida familiar de la laboral (KOGAN, FUCSH y LAY, 2011).

Incluso en el caso que las mujeres realicen un trabajo similar y en similar ubicación jerárquica que los hombres, perciben un salario menor; ello ocurre en todas las ocupaciones salvo la de conductor (que es predominantemente masculina, 98.9%), triplicándose el ingreso de los hombres frente al de las mujeres entre gerentes, administradores y funcionarios.

Considerando que el contenido de la prestación de servicios, la remuneración y la línea de carrera se determinan en el contrato de trabajo, dichas cifras sugieren que los patrones de segregación son reforzados por las políticas de contratación de las empresas y otras organizaciones laborales.

A pesar de que el Estado y las empresas u otras organizaciones laborales se benefician de la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, ninguno de ellos establece políticas o servicios que garanticen su incorporación o permanencia en el mismo, por lo que el costo de la incorporación de las mujeres en el mercado de trabajo lo asumen las familias. En la disyuntiva de las mujeres entre incorporarse al mercado de trabajo o continuar encargándose del trabajo doméstico, las mujeres recurren a otras mujeres que se encarguen del trabajo doméstico, ya sea a través del empleo doméstico o del apoyo de sus familias (MEJÍA: 2009).

Sin políticas o servicios públicos, o iniciativas privadas, orientadas a la modificación del modelo de reparto social del trabajo en función del género (políticas para promover una mejor distribución del trabajo doméstico entre hombre y mujeres, y entre la familia, las empresas y el Estado; reglas en el centro de trabajo que permitan conciliar la vida  familiar y la vida laboral; servicios públicos o redes privadas diseñados para asistir a hombre y mujeres en el trabajo reproductivo, en particular en el cuidado de niños, ancianos y enfermos; THANH-DAM:1996)  que permitan a las mujeres incorporarse libremente al mercado de trabajo y una vez en él a ser tratada en igualdad; dicha incorporación de las mujeres al mercado de trabajo no será plena, pues no permitirá su inserción en condiciones que le permitan una movilidad ascendente en términos de ingresos, condiciones laborales y reconocimiento, perpetuándose el patrón de segregación.

 


Referencias bibliográficas:

CAVANAGH, Jonathan (2009). Peru: The Top 10,000 companies 2009. Lima, Top Publications.

KOGAN, Liuba, Rosa María FUCSH y Patricia LAY (2011) Sistemas abiertos  /o encubiertos de discriminación en el entorno laboral de pequeñas, medianas y grandes empresas en Lima Metropolitana. Documento de discusión 11/08.Lima: Centro de investigación de la Universidad del Pacífico.

MINISTERIO DE TRABAJO Y PROMOCIÓN DEL EMPLEO (2009). La mujer en el mercado laboral peruano. Informe anual 2008. Lima: Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo.

MEJÍA, Renato (2009). La inserción de las inmigrantes comunitarias en el mercado de trabajo español, y su impacto en el disfrute de la vida familiar. En: AA.VV. Estudios de derecho del trabajo y de la seguridad social. Libro homenaje a Javier Neves Mujica. Lima: Grijley.

TANH-DAM, Truong (1996). Gender, international migration and social reproductioon: implications for theory, policy, research and networking. En: Asian and Pacific Migration Journal, volume 5, número 1.


Renato Mejía Madrid. Abogado por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), Master en Trabajo y Política Social por la Universidad Autónoma de Barcelona, Profesor de Derecho Laboral en la PUCP, Socio de Miranda & Amado Abogados, Miembro Extraordinario de la Asociación Civil Ius Et Veritas.

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